Corazón
Corazón Al cabo de media hora se oyó el toque de una campanilla, y vio que por el fondo de la sala entraba el médico, acompañado por un practicante. Les seguían la hermana y un enfermero. Empezaron la visita, deteniéndose en cada cama. La espera se le hacía eterna al muchacho, y su ansiedad aumentaba a cada paso del médico. Al fin llegó a la cama inmediata. El médico era un señor alto y encorvado, de aspecto respetuoso. Antes de que se separara de aquella cama, el chico se levantó y, al acercarse, empezó a llorar.
El médico le miró.
—Es el hijo del enfermo —dijo la hermana—; ha llegado esta mañana de su pueblo.
El médico le puso una mano en el hombro y luego se inclinó sobre el enfermo, le tomó el pulso, le tocó la frente e hizo algunas preguntas a la religiosa, que se limitó a responder:
—Nada de particular.
Quedó algo pensativo y después dijo:
—Continúe como hasta ahora.
El muchacho se armó de valor y preguntó con voz llorosa:
—¿Qué tiene mi padre?