Corazón
Corazón Llorando a lágrima viva, el muchacho tomó entonces una silla y se sentó a su lado, esperando sin apartar la vista de su cara. «Pasará algún médico haciendo la visita», pensaba. «Algo me dirá». Y se sumergió en sus tristes pensamientos, recordando muchas cosas de su buen padre: el día de su partida, cuando le había dado el último adiós desde el barco, las esperanzas que la familia había fundado en aquel viaje, la desolación de su madre al recibir la carta. Pensó en la muerte. Ya veía a su padre muerto, a la madre vestida de luto y la familia en la miseria. Así permaneció mucho tiempo. Una suave mano le tocó en el hombro, y él se estremeció. Era una monja.
—¿Qué tiene mi padre? —le preguntó enseguida.
—¡Ah! ¿Es tu padre? —le respondió la hermana con gran dulzura.
—Sí, es mi padre. Acabo de llegar. ¿Qué tiene?
—¡Animo, muchacho! —le respondió la hermana—. Ahora vendrá el médico. —Y se alejó sin decir más.