Corazón

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El muchacho se irguió, miró a su padre y empezó a llorar de nuevo. El enfermo le dirigió entonces una larga mirada y pareció reconocerlo. Pero sus labios no se movían. Pobre tata, ¡qué cambiado estaba! Su hijo no le habría reconocido. Había encanecido, tenía la cara hinchada y enrojecida, con la piel tersa y reluciente, los ojos empequeñecidos, los labios abultados, toda la fisonomía alterada; tan sólo conservaba iguales la frente y el arco de las cejas. Respiraba afanosamente.

—¡Tata, tata! —dijo el muchacho—. ¡Soy yo! ¿Es que no me conoces? Soy Cecilio, tu Cecilio; he venido desde el pueblo por encargo de mamá. Fíjate en mí. ¿No me reconoces? Dime aunque sólo sea una palabra.

Pero el enfermo, después de haberle mirado con atención, cerró los ojos.

—¡Tata, tata! ¿Qué te pasa? Soy tu hijo, tu Cecilio.

El hombre no se movió y continuó respirando con dificultad.



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