Corazón
Corazón Subieron dos tramos de escalera; fueron al extremo de un amplio corredor, hasta hallarse ante la puerta abierta de una sala donde había dos largas filas de camas.
—Ven —repitió el enfermero, entrando.
El muchacho se armó de valor y le siguió, dirigiendo miradas medrosas a derecha e izquierda, sobre los blancos y consumidos semblantes de los enfermos, algunos de los cuales tenían los ojos cerrados y parecían muertos; otros miraban al espacio con ojos grandes y fijos, como espantados. No faltaba quien gemía como un niño. La sala estaba oscura y el aire impregnado de penetrante olor de medicamentos. Dos Hermanas de la Caridad iban de uno a otro lado con frascos en la mano.
Habiendo llegado al extremo de la sala, el enfermero se detuvo a la cabecera de una cama; apartó un poco las cortinillas y dijo:
—Ahí tienes a tu padre.
El chico rompió a llorar y, dejando caer el envoltorio que llevaba, reclinó su cabeza sobre el hombro del enfermo, cogiéndole con una mano el brazo que tenía extendido e inmóvil sobre la cubierta. El enfermo no se movió.