Corazón

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—¡Qué contento estoy! —balbuceó—. ¡Pero qué contento! ¡Qué días tan malos he pasado!

Y no paraba de besar a su padre.

Sin embargo no se movía.

—Venga, vámonos. ¿Qué haces ahí? —le dijo el padre—. Aún podremos llegar esta tarde a casa —y le atrajo hacia sí.

Mas el chico volvió la vista hacia su enfermo.

—Pero… ¿vienes o no? —le preguntó su padre muy extrañado.

El chico continuaba mirando al enfermo, que en aquellos momentos abrió los ojos y le miró fijamente.

Entonces brotó de su alma un torrente de palabras.

—No, tata, espera… Mira, no puedo. Fíjate en ese viejo. Estoy aquí desde hace cinco días, y no deja de mirarme. Yo creía que eras tú y le he tomado cariño. Me mira y yo le doy de beber. Quiere que esté a su lado y ahora está muy malo; ten paciencia; no me atrevo, no sé, me da mucha lástima; mañana iré yo a casa; déjame estar aquí algo más, no debo abandonarlo. No sé quién es, pero me quiere y se moriría si me fuera. ¡Déjame estar aquí, querido tata!

—¡Bravo, pequeño! —exclamó el practicante.

El padre quedó perplejo mirando a su hijo; luego se fijó en el enfermo.

—¿Quién es? —preguntó.


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