Corazón

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—Un campesino como usted —respondió el practicante—, que vino de fuera e ingresó en el hospital el mismo día que usted. Lo trajeron sin sentido y no pudo decir nada. Tal vez esté lejos su familia, quizás tenga hijos. Sin duda creerá que éste es uno de ellos.

El enfermo no cesaba de mirar al muchacho, y el padre dijo a Cecilio:

—Quédate.

—Tal vez no tendrá que asistirle mucho tiempo —añadió el practicante.

—Quédate —repitió el padre—. Tienes buen corazón. Yo me voy enseguida para casa, pues tu madre debe estar muy intranquila. Toma una moneda para tus gastos. Hasta pronto, hijo mío. ¡Adiós!

Le abrazó, le miró fijamente con inmensa ternura, le besó repetidas veces en la frente y se fue.

El niño volvió junto a la cama del enfermo y éste pareció consolado.

Cecilio reanudó su oficio de enfermero, sin llorar, pero con el mismo interés, con idéntica paciencia que antes. Le volvió a dar de beber, a arreglarle la ropa, a acariciarle la mano, a hablarle dulcemente para darle ánimos.


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