Corazón
Corazón Lo asistió aquella tarde y por la noche, y también al día siguiente. Pero el enfermo se iba agravando por momentos; su cara se amorataba, su respiración se hacía más afanosa y aumentaba su agitación; salíanle de la boca sonidos inarticulados y la hinchazón se hacía monstruosa. En la visita de la tarde, el médico dijo que no pasaría de aquella noche.
Cecilio redobló entonces sus cuidados y no lo perdía de vista un solo instante. El enfermo le miraba y aun movía los labios de vez en cuando, con gran esfuerzo, como queriendo decir algo, y una expresión de infinita ternura se le dibujaba en los ojos, que cada vez se empequeñecían más y poco a poco, lentamente se le iban velando.
Aquella noche permaneció el chico en vela hasta que vio clarear por las ventanas la luz del alba, y apareció la hermana, quien se aproximó al lecho, miró al enfermo y se alejó precipitadamente, volviendo al poco con el médico ayudante y un enfermero, que llevaba una linterna.
—Está en los últimos momentos —dijo el médico.
El chico tomó la mano del enfermo. Éste abrió los ojos, miró al muchacho y los volvió a cerrar. Pareciole al chico que le apretaba la mano.
—¡Me ha apretado la mano! —exclamó.