Corazón

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El médico permaneció inclinado sobre el enfermo un ratito y luego se incorporó. La monja descolgó un crucifijo que pendía de la pared.

—¿Está muerto? —preguntó el muchacho.

—Vete, hijo mío —dijo el médico—. Tu obra ha terminado. Vete y que tengas mucha suerte, como mereces. Dios te protegerá. ¡Adiós!

La hermana, que se había alejado un momento antes, volvió con un ramillete de violetas que cogió de un vaso que había en la ventana, y se lo entregó al muchacho, diciéndole:

—No tengo otra cosa que darte. Toma esto como recuerdo del hospital.

—Gracias —respondió el chico, al tiempo que cogía con una mano el ramillete y se enjugaba con la otra los ojos—. Pero tengo que andar mucho… y las voy a estropear.

Después desató el ramillete y esparció las violetas por la cama, diciendo:

—Las dejo como recuerdo a mi querido muerto. Gracias, hermana; muchas gracias, señor Doctor.

Después, dirigiéndose al muerto:

—¡Adiós!… —Y mientras buscaba qué nombre darle, le vino a la boca el cariñoso que le había dado durante cinco días—: ¡Adiós… pobre tata!

Dicho lo cual, se puso el envoltorio de ropa bajo el brazo y a paso lento salió de la sala.


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