Corazón
Corazón Mientras tanto, según nos dijeron después, en el extremo opuesto de la plaza, una afligida mujer, medio enloquecida, se abrÃa paso entre la multitud a codazos y empellones, gritando:
—¡MarÃa! ¡MarÃa! ¡MarÃa! ¿Dónde está mi hijita? ¡Me la han robado! ¡Habrá muerto pisoteada!
HacÃa un cuarto de hora que se hallaba en aquel estado de desesperación, yendo hacia un lado y otro, apretujada por la gente, que, a duras penas, lograba abrirle paso.
El de la carroza, entretanto, no cesaba de estrechar contra las cintas y los bordados de su pecho a la desconsolada niña, girando su mirada por la plaza y tratando de aquietar a la pobre criatura, que se tapaba la cara con las manos, sin saber dónde se hallaba y sin parar de llorar.
El que la llevaba estaba desconcertado; aquellos gritos le llegaban al alma; los otros ofrecÃan a la niña naranjas y dulces; pero ella todo lo rechazaba, cada vez más asustada y convulsa.
—¡Busquen a su madre! —gritaba el de la carroza a la multitud—. ¡Busquen a su madre!