Corazón
Corazón Todos se volvían a derecha e izquierda, pero la madre no aparecía. Por fin a unos pasos de la entrada de la calle de Roma, una mujer se lanzaba hacia la carroza… ¡Jamás la olvidaré! No parecía persona humana: tenía la cabellera suelta, la cara desfigurada y el vestido roto. Se lanzó hacia adelante, dando un grito que no se sabía si era de gozo, de angustia o de rabia, y alzó las manos como dos garras para asir a su hijita. La carroza se detuvo.
—¡Aquí la tiene! —dijo el que la llevaba, entregándole la niña, después de haberle dado un beso; y la puso en los brazos de su madre que la apretó fuertemente contra su pecho… Pero una de las manecitas quedó por unos segundos entre las manos del joven, y éste, sacándose de la mano derecha un anillo de oro con un grueso diamante, lo puso con rapidez en un dedo de la niña.
—Toma —le dijo—, guárdate esto que podrá ser tu dote de esposa.
La madre se puso muy contenta, la gente prorrumpió en aplausos; el de la carroza y sus compañeros reanudaron el canto, y el vehículo prosiguió lentamente en medio de una tempestad de aplausos y de vítores.