Corazón
Corazón Y, acto seguido, sacó de la cesta de las verduras una cajita de cartón, blanca y dorada. Derossi se puso rojo y rehusó el presente, diciendo con resolución:
—Désela a su hijo; no quiero nada.
La mujer quedó mortificada y pidió perdón, balbuceando:
—No creía que podía ofenderle… Es una cajita de caramelos.
Derossi repitió su negativa moviendo la cabeza. Entonces ella sacó con timidez de la cesta un manojo de rabanitos, y le dijo:
—Acepte por lo menos esto. Son unos rabanitos muy frescos, que seguramente le gustarán a su mamá.
Derossi se sonrió y repuso:
—Muchas gracias, señora; pero ya le he dicho que no quiero recibir nada. Continuaré haciendo lo que pueda por Crossi, sin que usted tenga que darme cosa alguna por ello.
—¿No se habrá ofendido usted? —le preguntó la verdulera con ansiedad.
—¡Qué va, buena mujer! —le contestó sonriendo, mientras ella exclamaba con alegría:
—¡Qué muchacho más bueno!