Corazón
Corazón Con esto parecía haber terminado el asunto. Sin embargo, por la tarde, a las cuatro, en vez de la madre, se acercó a Derossi el padre de Crossi, con su cara tristona y melancólica. Por la forma que le miró comprendí enseguida que sospechaba que Derossi estaba enterado de su secreto, y le dijo con voz triste y afectuosa:
—Usted quiere mucho a mi hijo… ¿puedo saber por qué?
Derossi se ruborizó. Habría querido responderle: «Le quiero por lo desventurado que es, porque usted mismo ha sido más desgraciado que culpable; ha expiado cumplidamente su delito y es un hombre de buen corazón». Pero le faltó valor, porque en el fondo sentía temor y casi repugnancia ante aquel hombre que había atacado a otro y pasado seis años en presidio. Él lo adivinó todo y, bajando la voz, dijo al oído, y casi temblando, a Derossi:
—Quieres a mi hijo… No desprecias a su padre, ¿no es verdad?
—¡Ah, no, no! ¡Todo lo contrario! —exclamó Derossi en un arranque de su buen corazón.