Corazón

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Tenía la seguridad de que vendría a vernos, pues no se olvida de sus antiguos discípulos; durante años recuerda sus nombres; los días de exámenes mensuales acude al despacho de la dirección para informarse de las calificaciones que han obtenido; los espera a la salida y hace que le enseñen los ejercicios para ver si realizan progresos. Hasta van a verla muchachos que cursan el Bachillerato y llevan ya pantalón largo y reloj.

Hoy regresaba muy cansada del Museo, a donde había llevado a sus alumnos, como acostumbra a hacerlo cada jueves, explicándoselo todo con el mayor detalle. Pobre maestra, ¡qué delgada está! Pero es muy activa y se reanima cuando habla de su labor docente. Ha querido volver a ver la cama donde estuve muy enfermo hace dos años, y que ahora es de mi hermano; la ha estado mirando un buen rato muy emocionada. Se ha ido pronto para visitar a un chiquillo de su clase, hijo de un sillero, enfermo de sarampión, y por tener, además, que corregir luego los cuadernos. En fin, que no para de trabajar. Antes de retirarse a su casa, aún debía dar clase particular de Aritmética a la hija de un comerciante.

—Bueno, Enrique —me ha dicho al despedirse—, ¿quieres todavía a tu antigua maestra, ahora que resuelves problemas difíciles y sabes hacer largas composiciones?

Me ha besado y, desde el último peldaño de la escalera, me ha dicho:


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