Corazón
Corazón Por fin llegó el momento de salir. Cuando estuve solo en la calle vi que me seguÃa Coretti. Me detuve y le esperé con la regla en la mano. El se me acercó, yo levanté la regla en son de amenaza y él me dijo, sonriendo amablemente y apartándome la regla:
—No, Enrique; seamos tan amigos como antes.
Por un momento me quedé aturdido y sin saber qué hacer, pero luego, como si una mano me hubiese empujado por la espalda, me encontré entre sus brazos. El magnÃfico compañero me dio un beso y me dijo:
—Nada de enfados entre nosotros, ¿no te parece?
—SÃ, tienes razón —le respondÃ.
Y nos separamos contentos.
Cuando llegué a casa y se lo conté todo a mi padre, creyendo que le agradarÃa, se enojó y me dijo:
—Tú debÃas haber sido el primero en tenderle la mano, puesto que habÃas faltado. —Luego añadió—: ¡No debiste usar la regla con un compañero mejor que tú, sobre el hijo de un antiguo soldado!
Y, tomándome la regla, la hizo dos pedazos y la tiró contra la pared.