Corazón

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Mientras explicaba, se oían los golpes de un herrero sobre el yunque, y en la casa de enfrente, a una mujer que cantaba para dormir a su nene; a lo lejos, en el cuartel de Cernaia, tocaban las trompetas.

Todos estábamos contentos, incluso Stardi.

A cierto punto el herrero de la calle inmediata empezó a dar golpes más fuertes; la mujer a cantar más alto. El maestro cesó de explicar y prestó atención. Luego dijo lentamente, mirando por la ventana:

—El cielo nos sonríe; una madre canta, un hombre honrado trabaja; los chicos estudian; ¡qué cosas más estupendas!

Cuando salimos de clase, pudimos comprobar que también estaban los demás alegres; marchaban en fila marcando fuertemente el paso y canturreando, como en vísperas de unas vacaciones de cuatro días; las maestras bromeaban; la de la pluma roja saltaba detrás de sus alumnitos como una colegiala; los padres de los chicos hablaban entre sí riéndose, y la madre de Crossi, la verdulera, llevaba en las cestas tantos ramilletes de violetas, que llenaban de perfume el gran zaguán de la escuela.

Nunca me había sentido tan contento como al ver esta mañana a mi madre esperándome en la calle. Y se lo dije yendo a su encuentro:

—Estoy contento. ¿Por qué estoy tan contento esta mañana?


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