Corazón
Corazón Fueron al jardÃn y se esparcieron, sacando sus provisiones: pan, ciruelas pasas, un trocito de queso, un huevo hervido, peras pequeñitas, un puñado de garbanzos o un ala de pollo. En unos instantes todo el jardÃn estuvo cubierto de migajas y partÃculas como si en él hubieran esparcido granzas para bandadas de pájaros. ComÃan en las posturas más extrañas, como los conejos, los topos, los gatos, royendo, lamiendo, chupando. Un niño sostenÃa sobre su pecho una rebanada de pan y la iba untando con una nÃspola, como si sacara brillo a una espada. Unas niñas estrujaban en la mano requesones frescos que escurrÃan como leche entre los dedos y se los metÃan en las mangas, sin que ellas se apercibieran. CorrÃan y se perseguÃan con las manzanas y los panecillos en los dientes, como los perritos. Vi a tres que introducÃan un palillo en un huevo duro creyendo descubrir en él verdaderos tesoros, lo esparcÃan por el suelo y luego lo recogÃan pedacito a pedacito con gran paciencia, como si hubiesen sido perlas. Los que llevaban algo extraordinario tenÃan a su alrededor a ocho o diez criaturas con la cabeza inclinada hacia el interior, como habrÃan mirado la luna en un pozo. Al menos unos veinte estaban alrededor de un chiquito que tenÃa en la mano un cucurucho de azúcar, y todos le hacÃan cumplidos para que les permitiese mojar el pan; él lo consentÃa a unos; y a otros, después de hacerse rogar, sólo les permitÃa chuparse el dedo.