Corazón
Corazón —¡El señor Crosetti! —exclamaba—. TenÃa unos cuarenta años cuando yo asistÃa a su escuela. Aun me parece estar viéndolo: un hombre ya algo encorvado, de ojos claros y la cara siempre afeitada. Severo, pero de buenos modales, que nos querÃa como un padre, aunque sin consentirnos nada que no estuviese bien. Era hijo de campesinos, e hizo la carrera a fuerza de estudio y de muchas privaciones. Mi madre le apreciaba mucho y mi padre lo trataba como amigo. ¿Cómo habrá ido a parar a Condove, desde TurÃn? Seguramente que no me reconocerá. Pero no importa. Lo reconoceré yo. ¡Han pasado cuarenta y cuatro años! Cuarenta y cuatro años, Enrique; iremos a verlo mañana.
Y ayer por la mañana, a las nueve, estábamos en la estación de Susa. Yo habrÃa querido que nos acompañase Garrone; pero no pudo, por encontrarse enferma su madre.
Era una espléndida mañana primaveral. El tren corrÃa entre los verdes campos y los setos en flor, respirándose un aire perfumado. Mi padre estaba contento, y, de vez en cuando, me echaba un brazo al cuello y, mirando el panorama que se iba ofreciendo a nuestra vista, me hablaba como a un amigo.