Corazón

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—¡Pobre señor Crosetti! —decía—. Ha sido el primer hombre que me ha querido y ha mirado por mi bien, después de mi padre. Nunca he echado en olvido sus buenos consejos y hasta ciertos reproches destemplados que me hacían ir a mi casa de mal talante. Tenía las manos cortas y gruesas. Me parece estar viéndolo cuando entraba en la escuela: ponía el bastón en un rincón y colgaba su capa en la percha, siempre con idénticos movimientos. Conservaba todos los días igual humor, tan concienzudo, metódico, atento y voluntarioso como si diese clase por primera vez. Lo recuerdo como si ahora mismo le oyese decir, llamándome la atención: «Eh, tú, Bottini, pon el índice y el dedo corazón en el palillero». Seguramente estará muy cambiado después de cuarenta años.

Apenas llegamos a Condove, fuimos a buscar a nuestra antigua jardinera de Chieri, que tiene una tiendecita en una de las callecitas del pueblo. La encontramos con sus hijos, y se alegró mucho de vernos. Nos dio noticias de su marido, que estaba para regresar de Grecia, a donde había ido a trabajar hace tres años, así como de su hija mayor, que se halla en el Instituto de Sordomudos de Turín. Luego nos indicó por dónde debíamos ir a casa del maestro de mi padre, muy conocido en el pueblo.

Salimos del pueblo y fuimos por una senda en cuesta flanqueada por floridos setos.


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