Corazón
Corazón Mi padre no hablaba, parecÃa que fuera absorto en sus pensamientos, y de vez en cuando se sonreÃa y luego movÃa la cabeza.
De pronto se detuvo y dijo:
—Allà está. Seguro que es él.
Hacia nosotros bajaba por la senda un anciano de pequeña estatura, de barba blanca, con ancho sombrero en la cabeza, apoyándose en un bastón. Arrastraba los pies y le temblaban las manos.
—¡Es él! —repitió mi padre, apresurando el paso.
Nos detuvimos cuando estábamos cerca. También se detuvo el anciano, que miró a mi padre. TenÃa la cara todavÃa fresca, y los ojos claros y vivarachos.
—¿Es usted —le preguntó mi padre al tiempo que se quitaba el sombrero— el maestro don Vicente Crosetti?
—El mismo —respondió con voz algo trémula, pero robusta—. ¿En qué puedo servirle?
—Mire, permita a un antiguo alumno suyo estrecharle la mano y preguntarle cómo se encuentra. He venido de TurÃn expresamente para verlo.
El anciano le miró, extrañado. Luego dijo:
—Es mucho honor para mÃ… no sé… ¿Cuándo fue alumno mÃo? Perdone ¿quiere hacer el favor de decirme su nombre?