Corazón
Corazón —Alberto Bottini —le contestó mi padre, añadiendo el lugar y el año en que habÃa asistido a su escuela—. Usted, claro está, no se acordará de mÃ. Pero yo sà le recuerdo perfectamente.
El maestro inclinó la cabeza y miró al suelo, pensativo, y murmuró dos o tres veces el nombre de mi padre. Después dijo lentamente:
—¿Alberto Bottini? ¿El hijo del ingeniero Bottini, que vivÃa en la plaza de la Consolata?
—El mismo —le respondió mi padre, tendiéndole las manos.
—Entonces permÃteme, mi querido amigo, que te dé un abrazo. —Asà lo hizo, y su blanca cabeza apenas si llegaba al hombro de mi padre, quien apoyó su mejilla en la frente del anciano. Luego me presentó:
—Éste es mi hijo Enrique.
El anciano me miró con complacencia y me besó en la frente. A continuación nos dijo:
—Venid conmigo.
Sin añadir más, se volvió y nos encaminamos hacia su casa.
Llegamos a una pequeña explanada, ante la cual habÃa una casita con dos puertas, una de las cuales tenÃa encalado un trozo de pared en su derredor.
El maestro abrió la otra y nos invitó a pasar.