Corazón
Corazón Entramos en una pequeña estancia, con sus cuatro paredes encaladas. En un rincón había una cama de tablas con jergón de hojas de maíz y una cubierta de cuadros blancos y azules. En otro se veía una mesita y una pequeña biblioteca. Cuatro sillas completaban el modesto mobiliario. En una de las paredes, un viejo mapa sujeto con tachuelas. Se percibía olor a miel.
Nos sentamos los tres. Mi padre y el maestro se miraron un rato en silencio.
—¡Conque Bottini! —exclamó el maestro, fijando su mirada en el suelo enladrillado, donde el sol reflejaba un tablero de ajedrez—. ¡Me acuerdo muy bien! Tu madre era una señora muy buena. Tú estuviste el primer año en el primer banco, junto a la ventana. Fíjate si me acuerdo. Aún me parece estar viendo tu cabeza rizada —luego pensó un momento—. Eras un chico muy espabilado. El segundo año estuviste enfermo de garrotillo. Me acuerdo que te llevaron después a clase muy demacrado, envuelto en un mantón. Han pasado cuarenta años, ¿no es verdad? Has hecho bien en acordarte de tu pobre maestro. Han venido otros a visitarme, entre ellos un coronel, sacerdotes y otros de diversas profesiones —luego preguntó a mi padre a qué se dedicaba, y a continuación añadió—: Me alegro, me alegro de todo corazón que hayas venido, y te doy las gracias. Hacía tiempo que no veía a ninguno de mis antiguos alumnos, y temo que seas precisamente tú el último.