Corazón
Corazón Llegamos a la estación cuando el tren estaba para salir.
—¡Adiós, señor maestro! —dijo mi padre, abrazándolo y besándolo en ambas mejillas.
—¡Adiós, hijo, y muchas gracias! —respondió el maestro tomándole una mano entre las suyas temblorosas y llevándoselas al corazón.
Después lo besé yo, y noté que tenía mojada la cara. Mi padre me ayudó a subir al tren, y, cuando iba a subir él, cogió con rapidez el tosco bastón que llevaba en su mano el maestro y le puso en su lugar la hermosa caña con empuñadura de plata y sus iniciales, diciéndole:
—Guárdela como recuerdo mío.
El anciano intentó devolvérsela y recobrar su bastón; pero mi padre estaba ya dentro y cerró la portezuela.
—¡Adiós, querido maestro!
—¡Adiós, hijo —respondió él mientras el tren se ponía en movimiento—, y que Dios te bendiga por el consuelo que me has traído!
—¡Hasta la vista! —gritó mi padre, agitando la mano.
Pero el maestro movió la cabeza como diciendo: «Ya no nos volveremos a ver».
—Sí, sí, hasta otra vez —replicó mi padre.