Corazón
Corazón Salimos después de las dos, y el maestro se empeñó en acompañarnos a la estación. Mi padre le dio el brazo otra vez y él me cogió de la mano; yo le llevaba el bastón. A nuestro paso deteníase la gente a mirar, por ser persona muy conocida, y algunos lo saludaban. En cierto punto del camino oímos salir por una ventana muchas voces de chicos que leían a un tiempo. El anciano se detuvo y pareció entristecerse.
—Esto es, mi querido Bottini —dijo—, lo que más me apena: el oír la voz de los chicos en la escuela sin estar yo en ella y ser otro el encargado de dirigirlos. He escuchado esa música por espacio de sesenta años y mi corazón se había hecho a ella… Ahora me encuentro sin familia, ya no tengo hijos.
—No diga eso, señor maestro —replicó mi padre, reanudando el camino—; usted tiene muchos hijos esparcidos por el ancho mundo, que se acuerdan de usted lo mismo que yo me he acordado siempre.
—No, no —respondió el maestro con tristeza—; ya no tengo escuela y carezco de hijos. Así no creo poder vivir mucho tiempo. Pronto sonará mi última hora.
—¡Por Dios, no piense así! —le dijo mi padre—. De todos modos, usted ha cumplido con su deber, ha hecho mucho bien y ha empleado noblemente su vida.
El maestro inclinó un momento su blanca cabeza en el hombro de mi padre y me dio un apretón.