Corazón

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Cuando entramos en la posada, reinaba en ella un silencio conventual; sin embargo, pronto quedó roto, porque el anciano hablaba mucho y con calor de los libros de lectura de cuando él era joven, de los horarios de entonces, de los elogios que le habían hecho los superiores, de la nueva reglamentación de las escuelas dispuesta por el Gobierno, sin perder su serena fisonomía, aunque con más colorido que al principio, la voz más agradable y la sonrisa casi propia de un joven. Mi padre lo miraba con gran atención, con la misma expresión que le veo a veces cuando se fija en mí, pensando y sonriendo a solas y la cabeza algo inclinada a un lado. Al maestro le cayó algo de vino en el pecho, y mi padre se apresuró a limpiárselo con la servilleta.

—¡No, eso no, hijo mío, no te lo consiento! —le dijo, y se reía. Decía algunas palabras en latín. Al final levantó el vaso, que le bailaba en la mano, y dijo con mucha seriedad—: ¡A tu salud, señor ingeniero, la de tus hijos y a la memoria de tu buena madre!

—¡A la suya, mi buen maestro! —respondió mi padre, estrechándole la mano.

En el fondo de la estancia estaban el posadero y otros que miraban y sonreían como si hubiesen participado de la fiesta que se hacía en honor del maestro de su pueblo.


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