Corazón

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—Siempre tan contentos como antes —repitió Silvia, tapando la boca a mamá con una mano—, y si hay que hacer algún otro sacrificio en el vestir o en lo que sea, lo haremos con mucho gusto. También venderemos nuestros regalos; estoy dispuesta a desprenderme de cuanto posea de valor. Te haré de camarera, no mandaremos a hacer nada fuera de casa, trabajaré todo el día contigo y haré cuanto quieras, pues estoy dispuesta a todo. ¡A todo! —exclamó echando los brazos al cuello de mamá—, para que nuestros queridos papá y mamá no sufran y estén tan tranquilos y contentos como siempre con su Silvia y su Enrique, que os quieren muchísimo y darían la vida por vosotros.

Jamás había visto a mi madre tan contenta como al oír tales palabras, ni nunca nos había besado en la frente de modo semejante, llorando y riendo a la vez, sin poder hablar. Después aseguró a Silvia que había entendido mal, que no estábamos tan apurados como se figuraba y nos dio mil veces las gracias. Estuvo muy contenta hasta que llegó papá, a quien le contó todo. Él no replicó. ¡Pobre papá! Pero este mediodía, cuando nos sentamos a comer, experimenté un gran placer y profundo disgusto a la vez, pues debajo de mi servilleta encontré mi caja de pinturas y Silvia, su abanico.



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