Corazón
Corazón ¡Pobre Marco! Era esforzado y estaba preparado para la más duras pruebas de aquel viaje; pero cuando vio desaparecer del horizonte la hermosa Génova y se encontró en alta mar, sobre el gran buque abarrotado de campesinos emigrantes, sin ningún conocido a bordo, con la bolsa, que contenÃa toda su fortuna, le sobrevino un repentino desaliento. Durante dos dÃas permaneció acurrucado en la proa, como un perrito, sin casi probar bocado, con muchas ganas de llorar. Por su mente pasaban toda clase de pensamientos, pero el más triste y terrible era el que más le atormentaba: la posibilidad de que su madre hubiese muerto. En sus sueños, interrumpidos y penosos, siempre veÃa la cara de un desconocido que le miraba con aire compasivo y le decÃa al oÃdo: «Tu madre ha muerto». Entonces se despertaba ahogando un grito. Sin embargo, pasado el estrecho de Gibraltar, a la vista del Océano Atlántico, recobró algo de ánimo y de esperanza. Pero fue un corto alivio. El inmenso mar, siempre igual; el calor progresivo; la melancolÃa de toda la pobre gente que le rodeaba y la sensación de la propia soledad, volvieron a deprimirlo. Los dÃas, que se sucedÃan con exasperante monotonÃa, se le confundÃan en la memoria, como les sucede a los enfermos. ParecÃale que ya llevaba un año en el mar. Todas las mañanas, al despertarse, experimentaba una nueva extrañeza por encontrarse solo en medio de aquella inmensidad de agua, camino de América. Los magnÃficos peces voladores que a veces caÃan en el barco, las maravillosas puestas de sol de los trópicos, las enormes nubes de fuego y sangre y las fosforescencias nocturnas, que dan a todo el océano el aspecto de un mar de hirviente lava, no le parecÃan cosas reales, sino prodigios vistos en el sueño.