Corazón

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Hubo días de mal tiempo, durante los cuales permaneció encerrado continuamente en el camarote, donde todo bailaba y caía, en medio de un coro espantoso de quejidos y de imprecaciones, creyendo que había llegado su última hora.

Pasaron otros días de mar tranquilo y amarillento, de calor insoportable e infinito aburrimiento, horas interminables y siniestras, durante las cuales los pasajeros, deprimidos, tendidos e inmóviles sobre las tablas, parecían estar muertos.

El viaje se hacía interminable: mar y cielo, cielo y mar, hoy como ayer y mañana como hoy, siempre, eternamente. El muchacho pasaba largas horas apoyado en la borda mirando el mar sin fin, aturdido, pensando vagamente en su madre hasta que se le cerraban los ojos y se le caía la cabeza muerto de sueño. Entonces volvía a ver la cara desconocida que le miraba con aire compasivo y le repetía al oído: «Tu madre ha muerto». Aquella voz le despertaba sobresaltado, para empezar de nuevo a soñar con los ojos abiertos y a contemplar el inalterable horizonte.




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