Corazón
Corazón Veintisiete días duró la travesía; pero los últimos fueron los mejores. El tiempo era magnífico y el aire fresco. El muchacho había entablado relaciones con un hombre lombardo que iba a América para reunirse con un hijo suyo, agricultor de Rosario. Le había referido todo lo de su casa y el buen viejo le repetía a cada instante, dándole palmaditas en el cuello: «Animo, galopín, tú encontrarás a tu madre sana y contenta». Su compañía le alentaba y sus presentimientos, de tristes, se habían vuelto alegres.
Sentado en la proa, junto al viejo campesino que fumaba en pipa, bajo un hermoso cielo estrellado, en el que se destacaba la nunca vista constelación de la Cruz del Sur, en medio de grupos de emigrantes, que cantaban, se representaba mil veces en la imaginación el momento de llegar a Buenos Aires, y que luego, en cierta calle, encontraba la tienda del pariente, a quien preguntaría: «¿Cómo se encuentra mi madre? ¿Dónde está? ¿Quiere acompañarme enseguida?», a lo que le respondería el otro: «Se encuentra perfectamente. Vente conmigo». Irían los dos muy deprisa, se detendrían ante una puerta, subirían una escalera, llamarían y… Aquí se detenía su mudo soliloquio y su imaginación se perdía en un sentimiento de indecible ternura, que le hacía sacarse a escondidas una medallita que llevaba al cuello, besarla y murmurar sus oraciones.