Corazón
Corazón —Merelli conocÃa a mi madre, que estaba aquà sirviendo a la familia MequÃnez. Sólo él podrÃa decirme dónde está. Yo he venido aquà desde mi tierra en busca de mi madre, ¿sabe usted? Merelli le mandaba las cartas. ¡Tengo que encontrar a mi madre!
—Yo no sé nada, hijo mÃo —le respondió la mujer—. Puedo preguntar al chico de la portera. El conocÃa al muchacho que le hacÃa los recados a Merelli. Tal vez pueda decirte algo.
Acto seguido llamó al muchacho por el fondo de la tienda, y él se presentó al instante.
—Dime —le preguntó la dueña—, ¿recuerdas si el dependiente de Merelli iba alguna vez a llevar cartas a una mujer que estaba de sirvienta en casa de unos señores de acá?
—En casa del señor MequÃnez —respondió el chico— sÃ, señora. Algunas veces. Al final de la calle de Las Artes.
—¡Gracias, gracias, señora! —gritó Marco—. DÃgame el número, por favor… ¿No lo sabe? ¡Haga que me acompañen! Acompáñame tú mismo, chico. Aún me queda un poco de dinero en el bolsillo.
Lo pidió de tal manera, que el chico aquel, sin esperar ninguna indicación de la tendera, le dijo:
—Vamos —y fue el primero en salir de prisa.