Corazón

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Casi corriendo, sin decirse palabra alguna, fueron hasta el final de la larguísima calle; atravesaron el portal de una pequeña casa blanca y se detuvieron ante una hermosa cancela de hierro, por entre la cual se veía un patio repleto de macetas con flores. Marco dio un tirón a la campanilla.

Apareció una señorita.

—Aquí vive la familia Mequínez, ¿no es verdad? —preguntó con ansiedad el muchacho.

—Ci stava —le respondió la señorita, pronunciando el italiano con acento español—. Ora ci stiamo noi, Zeballos.

—Y entonces… ¿a dónde han ido los señores Mequínez? —preguntó Marco, sumamente preocupado.

—Se fueron a Córdoba.

—¡Córdoba! —exclamó Marco—. ¿Y dónde está Córdoba? ¿Y la persona que tenían a su servicio? La mujer, mi madre; la criada era mi madre. ¿Se la llevaron consigo?

La señorita le miró y dijo:

—No lo sé. Tal vez lo sepa mi padre, que los vio cuando se fueron. Espera un momento.

Se fue y volvió al poco con su padre, un señor alto de barba gris, que miró unos instantes al simpático chiquillo, con aspecto de pequeño marinero genovés, el pelo rubio y la nariz aguileña; en mal italiano le preguntó:


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