Corazón
Corazón —Oye italianito. Vas a ir con esta carta a Boca, un poblado donde la mitad por lo menos son genoveses y que se encuentra a dos horas de camino. Todos sabrán decirte por dónde has de ir. Una vez allí, buscas al señor al que va dirigido el sobre, persona muy conocida; le entregas la carta, y él te facilitará el medio de salir mañana mismo con dirección a Rosario. No dejará de recomendarte a alguien de allá, que tal vez te proporcione la manera de proseguir hasta Córdoba, donde hallarás a la familia Mequínez y a tu madre. Entretanto, toma esto —y le dio algunas monedas—. Anda, y no te desanimes. En este país hay muchos compatriotas tuyos, que no te abandonarán. Ya lo verás. No te desanimes por nada. ¡Adiós!
El muchacho le dio las gracias y, sin más, salió con su bolsa al hombro, tomando con paso tranquilo el camino hacia Boca a través de la grande y ruidosa ciudad, lleno de tristeza y de asombro.
Todo lo que sucedió desde aquel momento hasta la noche del día siguiente se le quedó grabado en la memoria de manera confusa e incierta como fantasmagoría de un calenturiento, por lo cansado, perturbado y deprimido que se hallaba.