Corazón

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—¡El amo me pegará! —dijo sollozando de nuevo y dejando caer otra vez la frente sobre el brazo con ademán de desesperación.

Las chicas le miraron muy serias. Entretanto se habían acercado otras muchachas mayores y pequeñas, pobres y acomodadas, con sus carteras bajo el brazo. Una de las mayores, que llevaba una pluma azul en el sombrero, se sacó del bolsillo dos monedas y dijo a todas:

—Yo sólo tengo estas dos monedas. ¿Por qué no hacemos una colecta?

—También tengo yo otras dos monedas —dijo otra vestida de encarnado—; entre todas podemos reunir por lo menos treinta.

Empezaron a llamarse unas a otras:

—¡Amalia! ¡Luisa! ¡Anita! ¡Una moneda! ¿Quién tiene dinerito? ¡Aquí hace falta dinero!

Algunas llevaban para comprar flores o cuadernos y lo entregaron enseguida. Otras, más pequeñas, sólo pudieron dar calderilla. La de la pluma azul se hacía cargo de todo e iba diciendo:

—¡Ocho, diez, quince!

Pero hacía falta más.

Entonces llegó una mayor, que parecía una maestrita, y entregó una moneda de plata, recibiendo palabras de alabanza. Todavía faltan cinco monedas de bronce.


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