Corazón
Corazón Era el viejo campesino lombardo con el que habÃa intimado durante el viaje. La sorpresa del viejo no fue menor. Pero Marco no le dio tiempo para preguntarle y le contó en pocas palabras lo que le ocurrÃa.
—Ahora estoy sin un real. Tengo que trabajar. Búsqueme usted algún trabajo para poder reunir el dinero que necesito. Puedo hacer lo que sea: llevar bultos, barrer las calles, hacer recados y hasta faenas del campo. Me conformo con poder comer pan negro. Lo que quiero es poder salir pronto y encontrar a mi madre. ¡Hágame ese favor! ¡Búsqueme trabajo, por el amor de Dios, que ya no puedo resistir más!
—¡Diantre, diantre! —dijo el lombardo mirando en torno suyo y rascándose la barbilla—. ¡Y qué caso! Trabajar… Eso se dice pronto. Pero vamos a ver; ¿es que costarÃa tanto reunir el dinero que necesitas para ir a Córdoba habiendo aquà tantos compatriotas nuestros?
El chico le miraba, sostenido por un rayo de esperanza.
—Vente conmigo —le dijo el hombre.
—¿A dónde? —le preguntó Marco, volviendo a tomar su bolsa.
—Ya lo verás.