Corazón
Corazón Luego tomó con desaliento su bolsa y se marchó angustiado, con la cabeza aturdida, asaltado por un cúmulo de tristes pensamientos. ¿Qué hacer? ¿A dónde dirigirse? De Rosario a Córdoba había un día de viaje en ferrocarril, y llevaba consigo muy poco dinero. Calculando lo que necesitaba gastar aquel día, no le quedaría casi nada. ¿Dónde podía encontrar dinero para pagar el billete? Podía trabajar, pero ¿en qué? ¿Y a quién recurrir? ¿Pediría limosna? ¡Ah, eso no! No quería que lo despachasen como a un perro sarnoso, que lo insultaran y lo humillaran como poco antes. ¡Todo menos eso! Con estos pensamientos, volviendo a ver ante sí la larguísima calle que se perdía en el horizonte, sintió que le faltaban otra vez fuerzas. Dejó la abultada bolsa en la acera, se sentó sobre ella, de espaldas a la pared, y se cubrió la cara con las manos, sin llorar, en actitud desconsolada. La gente tropezaba con él al pasar; los carruajes llenaban de ruido la calle; algunos chicos se pararon a mirarlo… Así permaneció un buen rato, hasta que le sacó de su letargo una voz que le dijo medio en italiano y medio en lombardo:
—¿Qué haces tú aquí, chiquillo?
Alzó la cara e inmediatamente se puso en pie, lanzando una exclamación de asombro.
—¡¿Usted?!