Corazón
Corazón El uno le tocaba la mejilla; otro le daba palmaditas en la espalda; un tercero le cogía la voluminosa bolsa. De la mesa inmediata acudieron otros emigrantes; la historia del muchacho corrió por todo el establecimiento. De la habitación contigua salieron tres parroquianos argentinos… En menos de diez minutos recorrió el lombardo las distintas mesas, presentaba el sombrero a manera de bandeja y recaudó más dinero del necesario para el viaje.
—¿Has visto —dijo entonces, dirigiéndose al muchacho— qué pronto se consigue esto en América?
—¡Bebe! —le gritó otro, ofreciéndole un vaso de vino—. ¡A la salud de tu madre!
—¡A la salud de mi…!
Pero no pudo acabar la frase, porque un sollozo de alegría le cerró la garganta, y, dejando el vaso en la mesa, se echó en brazos del viejo lombardo.