Corazón
Corazón Extenuado por la fatiga y el insomnio, roto y sucio, reprendido y maltratado de la mañana a la noche, el pobre chico se deprimía cada vez más, y se habría descorazonado por completo, de no haberle dirigido el capataz de vez en cuando alguna palabra cariñosa. Con frecuencia, sentado en un rincón de la carreta, lloraba, sin que le vieran, abrazado y poniendo la cara sobre la bolsa, que sólo contenía ya harapos. Cada mañana se levantaba más decaído y desanimado al ver siempre la ilimitada e implacable llanura como un océano de tierra, y decía entre sí: «Hoy no llego a la noche. ¡Me muero en el camino!»
Aumentaban las fatigas y se redoblaban los malos tratos. Una mañana, por haber tardado en llevar agua, uno de los hombres le pegó en ausencia del capataz. A partir de entonces empezaron a hacerlo por costumbre y, cuando le mandaban algo, le propinaban un pescozón sin venir a cuento, diciéndole:
—¡Toma, haragán. Lleva esto a tu madre!