Corazón
Corazón El paisaje se sucedÃa ante sus ojos como una visión fantástica: vastos bosques de pequeños árboles oscuros; poblados de pocas casas esparcidas con las fachadas rojas y almenadas; muy amplios espacios, tal vez lechos de antiguos lagos salados, blanqueados por efecto de la sal, se extendÃan hasta donde alcanzaba la vista; y por todas partes, la sempiterna llanura solitaria y silenciosa. Raras veces encontraba a dos o tres viajeros a caballo, seguidos de caballos sueltos, que pasaban a galope, como una exhalación.
Los dÃas se sucedÃan con desesperada uniformidad, como en el mar, sombrÃos e interminables. Pero el tiempo era muy bueno. Lo malo era que, como el muchacho se habÃa hecho el sirviente de los peones, éstos se mostraban cada vez más exigentes. Algunos lo trataban brutalmente y hasta le amenazaban; todos se mostraban desconsiderados al requerir sus servicios: le hacÃan llevar grandes haces de forraje; lo mandaban por agua a grandes distancias; y él, extenuado por la fatiga, ni siquiera podÃa dormir tranquilamente en las noches, despertándose a cada instante por las sacudidas del carro y por el ruido ensordecedor de las ruedas y las piezas de madera. Por añadidura, al moverse el viento, se levantaban grandes polvaredas de tierra fina, rojiza y grasienta que le penetraba por debajo de la ropa, le llenaba los ojos y la boca y no le dejaba ver ni respirar. Era realmente algo que le oprimÃa y resultaba insoportable.