Corazón
Corazón —No, queridos señores —decÃa ella—, no merece la pena; no tengo fuerzas para resistir y morirÃa en la operación. Es mejor que me dejen. Ya no tengo apego a la vida. Para mà todo se acabó. Prefiero morir a saber lo que ha ocurrido a mi familia.
Los señores se oponÃan, le decÃan que tuviese valor, que las últimas cartas enviadas directamente a Génova tendrÃan respuesta, que se dejase operar, que lo hiciera por sus hijos.
Pero el recuerdo de sus hijos aumentaba todavÃa más la angustia y el profundo desaliento, que la tenÃa deprimida desde hacÃa mucho tiempo. Al oÃr aquellas palabras le saltaban las lágrimas.
—¡Ah, mis hijos! ¡Mis queridos hijos! —exclamaba juntando las manos—. ¡Tal vez hayan muerto! ¡Más vale que muera yo también! De todas formas les quedo muy agradecida, queridos señores. Es inútil que vuelva el doctor pasado mañana. Quiero morir aquÃ. Ese es mi destino. Ya lo he decidido.
Los señores, sin cesar de consolarla, le repetÃan:
—No diga eso, buena mujer —y le cogÃan la mano para hacerle mayor presión.
Pero ella cerraba entonces los ojos, agotada y caÃa en un sopor como muerta.