Corazón

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¡Pobre Marco! Si hubiese podido ver el estado en que entonces se hallaba su madre, habría hecho un esfuerzo sobrehumano para andar todavía y llegar a su lado sin pérdida de tiempo. Estaba enferma, echada en la cama, en una habitación de la planta baja de un hotelito, donde vivía la familia Mequínez, que le había tomado gran cariño y le prestaba solícitos cuidados. La pobre mujer ya no se encontraba bien cuando el ingeniero tuvo que salir precipitado de Buenos Aires y no se había restablecido del todo a pesar del buen clima de Córdoba. Después, al no haber recibido contestación a sus cartas ni del marido ni del primo, el presentimiento cada vez más torturante de alguna desgracia, la continua ansiedad en que había vivido, dudando entre marchar y quedarse, esperando todos los días una noticia fatal, le había hecho empeorar de modo extraordinario. Últimamente se le había manifestado una enfermedad muy grave, una hernia estrangulada. Hacía quince días que no se levantaba de la cama, y era preciso intervenirla quirúrgicamente para salvarle la vida. En aquel mismo instante, mientras la invocaba su Marco, estaban junto a su cama los señores de la casa queriéndola convencer, con mucha dulzura, para que se dejase operar; mas ella persistía en su terca negativa y no dejaba un instante de llorar.

Ya había ido la semana anterior, a tal efecto, un prestigioso cirujano de Tucumán, pero inútilmente.


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