Corazón
Corazón —¿Qué te pasa, muchacho? —le preguntó el tendero haciéndole sentar—. ¡No hay que desesperarse, qué diablos! Los MequÃnez no están aquÃ, pero viven cerca, a pocas horas de Tucumán.
—¿Dónde? ¿Dónde? —gritó Marco, poniéndose de pie como movido por un resorte.
—A unas quince leguas de aquà —continuó el hombre—, a orillas del Saladillo, en un lugar donde están construyendo una gran fábrica de azúcar. Entre otras, está la casa del señor MequÃnez, que todos conocen. Te será fácil llegar allÃ.
—Yo estuve hace un mes —dijo un joven que habÃa acudido al oÃr el grito.
Marco abrió desmesuradamente los ojos, miró al joven y preguntó atropelladamente, palideciendo:
—¿Vio usted allà a la sirvienta del señor Méquinez, a la italiana?
—¿La genovesa? SÃ, la vi.
Marcó prorrumpió en un sollozo convulso, riendo y llorando a la vez. Luego, impulsado por violenta resolución, preguntó:
—¿Por dónde se va? ¡Pronto! ¡Enséñenme el camino! ¡Me voy enseguida!
—Pero si hay una jornada larga —le contestaron— y estás muy cansado… Debes descansar. ¡Déjalo para mañana!