Corazón
Corazón ¡Dios eterno! ¡No, no lo permitáis! ¡No quiero morir! ¡El médico! ¡Que venga enseguida! ¡Llámenle, por favor! ¡Que venga y me abra por donde quiera, con tal de que me salve la vida! ¡El médico! ¡Socorro!
Las mujeres le sujetaban las manos, la tranquilizaban a fuerza de ruegos. Al hacerla volver en sÃ, le hablaban de Dios y de la esperanza que todos debemos poner en Él. Entonces la enferma recaÃa en un abatimiento mortal, lloraba mesándose los grises cabellos, gemÃa como una niña, lanzando lamentos continuados y murmurando a intervalos:
—¡Oh Génova mÃa! ¡Mi casa! ¡Aquel mar…! ¡Oh mi Marco, mi querido Marco! ¿Dónde estará ahora la pobre criatura?