Corazón
Corazón Aquella noche fue atroz para la pobre enferma. Sentía agudos dolores que le arrancaban gritos capaces de romper las venas, y pasaba por momentos de delirio. Las mujeres que la asistían no sabían qué hacer. La dueña acudía de vez en cuando, muy desconsolada. Todos empezaron a temer que, aun en el caso de acceder a que la operaran, como el cirujano no iría hasta la mañana siguiente, seguramente llegaría demasiado tarde. Pero en los momentos de lucidez, se comprendía que su mayor tormento no lo constituían los dolores físicos, sino el pensamiento de su lejana familia. Moribunda, deshecha, con la mirada extraviada, se metía los dedos entre el pelo con actitud de desesperación que partía el alma, y gritaba:
—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Morir tan lejos, sin verlos! ¡Pobres hijos míos, que se quedan sin madre, mis pobres criaturas, sangre de mi sangre! ¡Mi Marco, todavía pequeño, tan bueno y cariñoso! ¡Ustedes no pueden figurarse cómo es! ¡Si usted lo conociera, señora…! Cuando salí de casa, no podía despegármelo del cuello; sollozaba de una manera desgarradora. Parecía que sospechaba que ya no volvería a verme. ¡Pobre criatura mía! ¡Ojalá hubiese muerto de repente entonces, cuando me estaba despidiendo! ¡Huérfano de madre mi hijito, que tanto me quiere, que aún me necesita! Sin su madre caerá en la miseria, y tendrá que ir pidiendo limosna para acallar el hambre…