Corazón
Corazón A las ocho de aquella mañana estaba junto al lecho de la enferma el cirujano de Tucumán, joven argentino, en compañía de un practicante, para intentar por última vez convencerla de que le permitiera operarla. A sus requerimientos se unían los del ingeniero Mequínez y su esposa. Pero todo resultaba inútil, puesto que la mujer, sintiéndose sin fuerzas, no tenía confianza en el buen resultado de la intervención quirúrgica. Estaba segura de que moriría durante ella o que sólo sobreviviría unas cuantas horas después de haber sufrido inútilmente unos dolores más atroces de los que le produciría la muerte natural.
El doctor no cesaba de repetirle:
—Mire, señora, el resultado de la operación es seguro y cierta su curación con tal que se arme de un poco de valor. Si se niega, morirá indefectiblemente.
A pesar de todo, resultaban palabras inútiles.
—No —respondía con su débil voz—; tengo valor para morir, pero no para sufrir en vano. Gracias, doctor. Ese es mi destino. Déjeme morir en paz.
El cirujano desistió de su empeño y nadie dijo más a la enferma, la cual, dirigiéndose a su dueña, le hizo con voz moribunda los últimos ruegos.