Corazón
Corazón El jardinero estrechó fuertemente la mano de la profesora y se la besó dos o tres veces, diciendo:
—Gracias, gracias, muchas gracias, señora maestra, y perdone que no sepa decirle otra cosa.
—Además de hablar —repuso la profesora— su hija sabe escribir, hacer cuentas; conoce el nombre de los objetos corrientes. Sabe algo de historia y de geografÃa. Ahora está en la clase normal. Cuando haya cursado los otros dos años, sabrá mucho, mucho más. Saldrá de aquà en condiciones de ejercer una profesión. Ya tenemos sordomudos colocados en comercios que sirven a los clientes y cumplen tan bien como los demás.
El jardinero quedó todavÃa más sorprendido que antes. ParecÃa que de nuevo se le confundÃan las ideas. Miró a su hija y se rascó la frente. Por su expresión, deseaba más explicaciones.
La profesora se dirigió entonces al empleado y le dijo:
—Llame a una niña de la clase de preparatorio.
El hombre volvió poco después con una sordomuda de unos ocho o nueve años, que hacÃa poco habÃa ingresado en el colegio.
—Esta chiquita —dijo la profesora— es una de aquellas a las que enseñamos lo más elemental. FÃjese cómo se hace. Quiero hacerle decir ‘e’. Preste atención.