Corazón
Corazón El padre, mirándola fijamente, repitió:
—¿Estás contenta de que haya vuelto tu padre y de que ya no se vaya?
La chica, que había seguido con la vista, muy atenta, los movimientos de sus labios, tratando hasta de ver el interior de la boca, respondió con gran soltura:
—Sí, es-toy con-ten-ta de que ha-yas vuel-to y de que ya no te va-yas nun-ca.
El padre la abrazó impetuosamente, y luego, a toda prisa, la abrumó a preguntas para cerciorarse de que podía entenderse con ella.
—¿Cómo se llama mamá?
—Anto-nia.
—¿Y tu hermanita?
—Ade-laida.
—¿Cómo se llama este colegio?
—De sordo-mudos.
—¿Cuántos son diez y diez?
—Vein-te.
Cuando creíamos que iba a reírse de alegría, de pronto se echó a llorar. Pero sus lágrimas eran, indudablemente, de gozo, no pudo contenerse.
—¡Mucho ánimo! —le dijo la profesora—. Tiene usted motivos para alegrarse y no llorar. ¿No ve que hace llorar también a su hija? Bueno, en total, que está usted contento, ¿no es así?