Corazón
Corazón —¡Es que he estado fuera tres años, señora! —respondió el jardinero—, y, aunque me lo hayan dicho por carta, nunca creà que fuera una realidad. Tengo una cabeza muy dura, ¿comprende?… Entonces, ¡tú me entiendes!, ¿verdad, hija mÃa? ¿Oyes lo que digo?
—¡Ah, no, no, buen hombre! —replicó la profesora—. No puede oÃr las palabras ni ningún otro sonido, porque es sorda total. Pero por los movimientos de sus labios sabe lo que usted dice. No oye las palabras de usted ni las suyas, ésa es la verdad; las pronuncia porque le hemos enseñado, letra por letra, cómo ha de poner los labios y mover la lengua, asà como el esfuerzo que debe hacer con el pecho y la garganta para emitir los sonidos.
El jardinero no comprendió mucho de esa explicación. Se quedó mirándola boquiabierto, sin llegar a creer lo que estaba viendo y oyendo.
—Dime, Luisita —preguntó a la hija, hablándole al oÃdo—, ¿estás contenta de que haya vuelto tu padre? —Y, levantando la cabeza, se quedó esperando la respuesta.
La chica le miró, pensativa, y no dijo nada.
El padre se mostró muy contrariado.
La profesora se echó a reÃr, y luego dijo:
—No le responde, buen hombre, porque no ha visto los movimientos de sus labios; le ha hablado usted al oÃdo. RepÃtale la pregunta poniéndose delante de ella.