Corazón
Corazón —¡Qué crecida está! ¡Qué guapa! ¡Oh, mi querida, mi pobrecita Luisita! ¡Mi mudita! ¿Es usted, señora, su maestra? Dígale que me haga sus signos; algo entenderé. Después ya iré aprendiendo poco a poco. ¿No podría decirme algo por gestos?
La profesora se sonrió y dijo en voz baja a la chica:
—¿Quién es este hombre que ha venido a verte?
La muchacha, con una voz oscura, gruesa y extraña, como la de un salvaje que hablase por primera vez nuestra lengua, pero pronunciando con gran claridad, y sonriéndose, contestó:
—Es mi pa-dre.
El jardinero dio un paso atrás, como asustado, y gritó:
—¡Habla! ¿Pero es posible, Dios mío? ¡Me has hablado tú, hijita! ¿Cómo se ha operado este milagro?
Y de nuevo la abrazó y le besó tres veces seguidas la frente.
—¿Cómo me iba a figurar, señora maestra, que hablase diciendo palabras como nosotros, y no con gestos?
—Eso de hablar con gestos, señor Voggi, es un sistema ya anticuado. Aquí aplicamos en método oral. Me extraña que no lo supiera.