Corazón

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—¿Y así es como ustedes enseñan a hablar? —preguntó después de un minuto de reflexión, mirando a la profesora—. ¡Qué paciencia necesitan para enseñar de este modo a todas estas criaturas, una por una! ¡Ustedes son unas santas! ¡Unos ángeles del Paraíso! Nada de este mundo puede recompensarles lo que están haciendo. ¿Qué más tengo que decirle…? ¡Ah! ¿Me permite estar aunque sólo sean cinco minutos a solas con mi hija?

Separándose de nosotros, tomaron asiento y el hombre empezó a hacerle preguntas que la chica iba contestando. El se reía con los ojos humedecidos, pegándose puñetazos en las rodillas; cogía las manos de su hija y se quedaba mirándola, embelesado por la alegría que le daba oírla, como si hubiese sido una voz bajada del cielo. Después preguntó a la profesora:

—¿Podría dar las gracias al señor Director?

—El Director no está —le contestó—, pero hay aquí otra personita a quien debe usted dar las gracias. Cada niña pequeña está al cuidado de una compañera mayor, que le hace de hermana, de madre. La suya está confiada a una sordomuda de diecisiete años, hija de un panadero, muy buena, y que la quiere mucho. Hace dos años que le ayuda a vestirse, la peina, le enseña a coser, le arregla la ropa y le hace compañía. —Luisa, ¿cómo se llama tu madre del colegio?


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