Corazón

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—¡Qué satisfacción más grande me proporciona! Me la llevaré a Condove y la traeré mañana temprano —contestó el jardinero.

La chica, que había vuelto con una capita y un gorrito, entrelazó gustosamente su brazo con el del padre.

—Gracias a todos —dijo éste desde la puerta—. ¡Gracias a todos con toda mi alma! Volveré a expresarle de nuevo mi profundo reconocimiento.

Se quedó un momento pensativo; luego se desligó bruscamente de su hija, volvió, rebuscando en el bolsillo del chaleco, y exclamó:

—Aunque soy un pobre hombre, aquí dejo veinte liras para el colegio, un hermoso y nuevo marengo de oro.

Y, dando un golpe sobre la mesa, dejó en ella la moneda.

—No, no, de ninguna manera, buen hombre —dijo conmovida la profesora—. Recoja su dinero. Yo no puedo aceptarlo. Ya vendrá cuando esté el Director, aunque es seguro que tampoco aceptará él nada. Le ha costado muchos sudores ganarlo. Le quedamos, de todas formas, muy agradecidos.

—¡Lo dejo! —repitió el jardinero—, y luego… ya veremos.

Pero la profesora le puso la moneda en el bolsillo sin darle tiempo de rechazarla.


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