Corazón
Corazón Hay, asimismo, otros dos, siempre atentos y trabajadores: el incansable Stardi, que se muerde los labios para no dormirse y que cuanto más calor hace y más cansado está tanto más aprieta los dientes y abre los ojos, como si quisiera comerse al maestro; y el «negociante» Garoffi, ocupado en hacer abanicos de papel encarnado, a los que pega figuritas sacadas de las cajas de cerillas, que vende a dos céntimos cada uno.
Pero el mejor es Coretti, tiene que levantarse a las cinco para ayudar a su padre en el trajín de la leña. En clase, a las once, ya no puede tener los ojos abiertos y se le dobla la cabeza sobre el pecho; sin embargo, se esfuerza por dominarse, se da palmadas en la nuca y pide permiso para salir con el fin de mojarse la cara; también dice a los que tiene a su lado que no dejen de pellizcarle o darle codazos si le ven cabecear. Con todo, esta mañana no pudo resistir más y se quedó profundamente dormido. El maestro le llamó con voz fuerte:
—¡Coretti!
Pero él no le oyó.
—¡Coretti! —repitió el maestro, irritado.
Entonces, el hijo del carbonero, que se sienta a su lado, se levantó para decir:
—¡Es que ha estado trabajando desde las cinco de la mañana, llevando haces de leña!